viernes, 8 de octubre de 2010

La vida entre dos páginas

"I only know what I know

the passing years will show
you’ve kept my love
so young, so new (...)" TIME AFTER TIME

Tal vez sea mi último invierno. Pero he vivido muchos, muchos inviernos. El pulso falla, echar a andar cuesta demasiado y la memoria se ha convertido en una tirana caprichosa. No queda ya nadie por velar ni nadie que vele por mi. Cada día se hace más largo, el vacío más intenso y los espacios más amplios. Todo sobra. Ha pasado una vida, la mía. Y no he hecho grandes cosas.
Llevo una semana ojeando fotografías, algunas incluso más viejas que yo y, cerrando un álbum tras otro como si fueran los capítulos de un libro que nunca más volveré a abrir. En ellas aparecían mis padres el día en el que decidieron ser uno, los abuelos a los que nunca conocí, mi tía hippy practicando espeleología y  mi hermana con su melena rubia y generosa tumbada en una playa sonriendo con picardía a quién demonios estuviese reclamándola tras el objetivo. He visto manadas de pastores alemanes, a mis sobrinos recién nacidos, de adolescentes y con su prole, antiguas reuniones familiares en  "La Pizca", a mis primos jugando con mis juguetes el día de reyes, pasteles de cumpleaños propios y ajenos. Fiestas, muchas fiestas. También pude recordar cómo eran mis compañeras de colegio y de Universidad. He sido de nuevo testigo de sus bodas, de sus divorcios e incluso de alguna que otra aventurilla extramarital con las que endulzaban el tedio de sus vidas.
El último tomo contenía exclusivamente  fotografías de viajes y cartas de amor y desamor recibidas. Las más sonrrojantes, por cierto,  resultaron ser de mi autoría, las que nunca llegué a enviar. En ese momento no pude evitar pensar  por un instante que, tal vez, tanto desdén, se había erigido como la principal causa de mi soledad. Ya estaba a punto de concluir el tour en imágnes por las vivencias que el olvido tornó cálidas y ... apareció un marcapáginas. Uno que un día fueron seis cuando la piel no arrugaba. Lo extraje temblorosa de la funda que lo preservaba del tiempo. Lo olí, lo acerqué al pecho y lo besé como si haciéndolo volviese a mi lo que nunca pude tener y lloré. Con los los ojos más empañados que los cristales de las gafas, me levanté del salón como pude y a duras penas avancé  hasta un cuartucho polvoriento lleno de recuerdos, vinilos de Baker y pinceles resecos. Busqué una agenda tan vieja como yo y la encontré. Su número estaba borroso pero escrito con trazo firme, y con la firmeza del trazo decidí,  por primera vez... ser dómita y responder a la voz mi dueño... pero mi dueño nunca respondió. Era demasasiado tarde. No se si este va a ser mi último invierno pero desde luego será el más frío.

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